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Crean talleres para padres en el Hospital de San Juan de Alicante apara afrontar los miedos de los TCA

 -  Anorexia

¿Cómo pueden afrontar unos padres que su niña de solo 11 años sufre anorexia?, ¿cómo quitarse el sentimiento de culpa?, ¿cómo asumir un trastorno que está solo en la cabeza de su pequeña?

 

Una menor que tiene cambios de humor, que se muestra irritable y cuyo único objetivo es seguir perdiendo peso. Nunca tiene fin.

Esta angustia que sufren las familias, obligadas a librar cada día una batalla con miles de dudas y sin preparación, centra parte de la temática de los talleres que el Hospital de San Juan ha puesto en marcha. Una especie de terapia para que tengan un hombro, el de los profesionales, sobre el que apoyarse y que les guíe.

La obesidad y el sobrepeso centran últimamente los discursos y las campañas de prevención de la administraciones, pero hay otra realidad: los trastornos de alimentación se han disparado. Ahora mismo está en pleno auge y las unidades de salud mental infantil registran un aumento de casos. ¿El motivo? No hay uno en concreto. «Es insidioso, hoy en día el que una persona quiera cuidarse y perder un poquito de peso está normalizado, pero hay una sobrevaloración de la imagen corporal quizás por el impacto de los medios de comunicación, de los valores... Incluso a los padres les gusta que sus hijos se cuiden; puede que a partir de ahí se esté gestando un trastorno de alimentación. Por ejemplo, el ir al gimnasio es sano, pero hay niños que ya están acudiendo», explica Luz González, psiquiatra de la Unidad Hospitalaria de Trastornos Alimentarios.

Con una edad de inicio que se ha adelantado, se están viendo a menores de solo 11, 12 y 13 años. Además, los pacientes ingresan en un peor estado de salud. «Estamos detectando un aumento de la prevalencia, se ha disparado y desde las unidades de salud mental, sobre todo de infantil, nos han dicho que están viendo cada vez más casos. El inicio es más precoz, son más jóvenes y empezamos a detectarlo en más chicos», reconoce González, quien apunta que están llegando pacientes en situaciones «más precarias y con un compromiso médico importante». Es decir, con una desnutrición severa, lo que dificulta abordar con prontitud un abordaje cognitivo y conductual. Antes tienen que estar fuera de peligro. Son pacientes que quieren vivir, pero que no quieren comer.

A última hora de la mañana se convoca a las familias al taller. Madres y padres que están pasando por un calvario. Unos tienen a sus hijas ingresadas. Otras ya están en casa, pero con un seguimiento médico. La psiquiatra Luz González, junto con la psicóloga Cristina Romero y el psiquiatra infantil Francisco Fenollar son los encargados de intentar quitarles esa angustia y culpabilidad y orientarles para que sepan cómo manejarse en el tratamiento. A través de diapositivas les muestran, además, las opiniones recogidas de pacientes. Todas impactantes. Ellas no se gustan. Se odian. Su imagen está totalmente distorsionada y algunas reconocen que han llegado a pesarse hasta quince veces al día.

El curso consta de seis sesiones y el objetivo es abrirlo a las unidades de salud mental para que puedan derivar a más familias que necesiten este respaldo, pero siempre pasando por un filtro de selección. El primer día, el equipo médico y las familias se presentan para romper el hielo, siempre dejando claro que lo que allí se comente es confidencial. A continuación se explica el concepto del trastorno de conducta alimentaria, y sus consecuencias emocionales y psíquicas. Cómo se gesta y qué factores influyen para que un paciente sea más vulnerable forman parte de la segunda sesión y en la tercera se tratan las consecuencias emocionales como los cambios de humor, el aislamiento y la irritabilidad.

En la cuarta, las familias conocen los síntomas nucleares (preocupación excesiva por el peso, el físico y la alimentación), y en la siguiente, los tratamientos farmacológico y las consecuencias físicas como la menorrea en las niñas, la caída del pelo o el estreñimiento. La última sesión se basa en los diversos dispositivos disponibles en el tratamiento.

«Hay padres que piensan que tras el hospital ya van a salir bien cuando ésta es solo un parte, después hay un seguimiento y se tiene que poner en marcha en casa todo lo que se ha trabajado en el centro», señala la psicóloga. Estos talleres les sirven para saber cómo actuar. «A veces intentan aliviar a toda costa el malestar del niño para que no lo pase mal, cambiándole la comida por una que más le gusta. El fallo, por decirlo de alguna manera, es centrar el problema en si comen o no».

Que los padres lo acepten no es fácil, pero es fundamental para que su hija salga adelante. Tratan casos en los que uno de los progenitores se niega a asumirlo. «No terminan de entender que no es un capricho el que la niña no quiera comer y a veces hay como cierto enfado de los padres, que obstaculiza», reconoce González, quien destaca que entender un trastorno mental es muy complicado.


Autor: E. Brotons. Fuente: La Verdad (Alicante)